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La Tierra Prometida
Los muertos del 'Yak-42' se merecen otro trato
ANTONIO ARCO
Más que el trágico, persistente, nada épico, humanamente comprensible a ratos, y más que dudosamente útil y galante férreo afán de Federico Trillo, ex ministro de Defensa, por quitarse de encima con fruición y al galope toda responsabilidad en la tragedia abierta como una herida mortal del Yak-42, el avión hecho un asco que en mayo de 2003 decidió estrellarse por su cuenta en suelo turco y acabar con la vida y la hoja de servicios de 62 militares españoles que regresaban de Afganistán, me siguen llamando la atención unas palabras del general Navarro Ruiz, responsable de las desastrosas autopsias que se realizaron a los cadáveres antes de su rápido, pero esperpéntico, traslado a España, a la hora de enfrentarse al hecho inaceptable y bochornoso de que hubo errores en la identificación de treinta de los cuerpos de los fallecidos; treinta cuerpos sin vida llorados, cubiertos de flores, oraciones y palabras de amor, y finalmente incinerados o sepultados, con el mayor de los mimos y el desconsuelo, por madres, padres, hermanos, mujeres, maridos, novias, novios, hijos y amigos que no eran los suyos y a los que ni siquiera habían sido presentados.
Vaya, se te mata un hijo en tierra extraña, y en circunstancias más extrañas todavía, y el cadáver que te devuelven de él resulta que no es el suyo, que rezas ante uno de sus compañeros también estupidamente muerto, mientras otras personas en otro rincón de luto de España lloran como suya a la carne de tu carne, a tu hermano del alma o a tu padre mío, que estás en los cielos. Qué dolor añadido y tan enorme, qué sensación de que el corazón se te parte en mil pedazos la que han tenido que sentir todos esos familiares -un beso y mucho ánimo- que desde el día en que sus vidas ya dejaron de ser para siempre completas se han volcado en que el caso del Yak-42, dijese en su día lo contrario el juez Grande-Marlaska o lo diga la OTAN en pleno, no caiga en el olvido, en el silencio, en el aquí paz y después gloria.
Y no es que no sea curioso el empeño de Trillo en salir airoso de un episodio tan triste e injusto para las Fuerzas Armadas españolas, pero lo que también es cierto es que el político cartagenero, acusado de mentir con total desparpajo por algunos de los mandos del Ejército que ahora, de nuevo, están desfilando por delante de la Justicia con el fin de que todos y cada uno de los muertos y de sus vivos puedan por fin navegar en paz por la eternidad, lleva sobre sus anchas espaldas el peso, personal y político para un hombre que valora el honor, el cumplimiento del deber y el servicio a la patria como tres obligaciones de su condición de buen español, de que la Comisión de Defensa del Congreso lo señalase para la Historia como «responsable político directo» de la tragedia del Yak-42.
Pero el general Navarro Ruiz no sólo no se siente culpable de nada, por el hecho de haber armado un lío bien gordo en ese desgraciado baile de muertos, sino que, subido con orgullo en toda mi categoría militar, se despacha así: «Uno se puede equivocar o puede acertar. Y punto. Y nada más. Pero siempre con la conciencia muy tranquila». ¿Por los ejércitos de Tierra, Mar y Aire, general Navarro!, ¿se puede saber qué está usted diciendo? ¿Cómo que y punto?, ¿cómo que y nada más?, ¿cómo puede usted hablar de tener la conciencia tranquila? No señor, con todo el respeto y mirándole a los ojos se lo digo: nada de y punto, nada de y nada más, nada de quedarse uno tan tranquilo cuando hace fatal su trabajo y, con ello, causa a su torpe paso aún más dolor y quebranto. |
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