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«Si las víctimas del Yak 42 no hubieran sido militares el caso estaría resuelto»
María Menéndez, viuda de uno de los tres militares asturianos muertos en Turquía, solicita la imputación de 20 personas en el sumario sobre la contratación del avión
19.05.08 -
María Menéndez Cañedo tenía 41 años y dos hijos cuando el 26 de mayo de 2003 quedó viuda. Su marido, el comandante del Estado Mayor de la Defensa Antonio Novo Ferreiro, era uno de los 62 militares españoles que perdieron la vida al estrellarse en Turquía el avión en el que regresaban de Afganistán, un Yakolev 42-D de fabricación ucraniana. El comandante fue una de las tres víctimas asturianas de una tragedia envuelta desde el principio en la polémica. Casi cinco años después, el caso sigue abierto para las familias pero también en los tribunales.
«Si el padre de la pequeña Mari Luz reclama Justicia para su hija, ¿cómo no vamos a pedirla los familiares de los 62 hombres jóvenes que murieron en el Yak-42?», cuestiona María Menéndez. Esta mujer, nacida en Salas, y Rosario Benítez, viuda del también comandante José Antonio Fernández, fallecido en el mismo accidente, presentaron a primeros de este mes al juez de la Audiencia Nacional Fernando Grande-Marlaska un escrito en el que solicitan la imputación de 20 personas en el sumario sobre la contratación del avión.
«El mismo día del accidente, un compañero de mi marido que vino a casa comentó que no sabía cómo se había permitido que entraran en ese avión, y dijo que había papeles en los cajones. Yo entonces -recuerda María Menéndez- no entendía lo que quiso decir». A la búsqueda de esas pruebas y de otras se han dedicado los defensores legales de las dos mujeres, y su investigación ha culminado con la presentación de la demanda.
«Todos a lo mismo»
«Nuestros abogados ven indicios de irregularidades en la contratación del avión tras entrevistarse con muchas personas y revisar documentación», explica Menéndez. Por el momento, sólo ella y la viuda del comandante José Antonio Fernández han recurrido a los tribunales en la búsqueda de responsabilidades en la contratación del Yakolev 42-D, pero también lo hará la asociación que reúne a los familiares de los militares muertos. «Estamos todos a lo mismo, reclamando Justicia», sostiene.
«Si había personas que sabían que el avión no reunía las condiciones para volar, no se debió permitir a los militares que subieran al aparato», defiende María Menéndez. «Y se si hace, si se permitió que pasara, alguien es el responsable y debe pagar por ello», añade la mujer, que ahora reside en Madrid junto a sus hijos. «Los dos están estudiando en la Universidad, ninguno ha seguido los pasos de su padre, un hombre extraordinario y lleno de energía», confiesa.
Su padre, Antonio Novo, era militar vocacional. Aunque gallego de nacimiento (Guitiriz, Lugo), llegó de niño a Asturias, destino de su padre, guardia civil. En la región conoció a María Menéndez, que vivía en Oviedo, y en esta ciudad residió la pareja entre 1987 y 1990, años en los que Antonio Novo estuvo destinado en el Regimiento de Infantería Ligera Aerotransportable Príncipe número 3, en el acuartelamiento Cabo Noval, en Siero. «En Oviedo, nació nuestro segundo hijo», recuerda.
Su marido tenía tan sólo 40 años cuando murió. «Y era de mayores, así es que es fácil imaginar cuánta juventud se perdió». La politización del accidente, la pronta aparición de rumores sobre el mal estado del avión y los errores en la identificación de los cadáveres no hicieron sino ahondar en el sufrimiento de los familiares de las víctimas. Dolor e impotencia resumen, para María Menéndez, buena parte de la vida de estos últimos cinco años de padres, esposas, hijos y hermanos de los militares fallecidos.
«Yo tuve suerte con la identificación de los restos de mi marido, pero ha habido padres que han asistido a la exhumación del supuesto cádaver de su hijo para tener que cambiar de cuerpo tras comprobarse que aquél no lo era. Es indignante cómo se hicieron las cosas», argumenta la viuda de una de las tres víctimas asturianas en la tragedia del Yak-42. Las otras dos fueron el subteniente Joaquín Enrique Álvarez Vega, de San Esteban de Pravia y el capitán Mariano Piñán del Blanco, de Gijón.
María Menéndez conoce a los familiares de los militares muertos en el accidente, pero recuerda de forma especial al general de Brigada de Intendencia José Luis González Arribas, ya fallecido y padre del capitán Ignacio González Castilla, otro de los pajaseros del vuelo de aquel fatídico 26 de mayo. Con toda una vida dedicada al Ejército, el general intentó conocer la verdad sobre las circunstancias de la muerte de su hijo y se encontró con que sus compañeros y el Gobierno le daban la espalda. «González Arribas antepuso ser padre a su condición de general», destaca la asturiana.
Ni izquierdas ni derechas
La viuda del comandante Novo está convencida de que la singularidad de este «espinoso caso», como ella lo define, está marcada en buena parte porque los muertos eran militares. «Si las víctimas no hubieran sido militares, si hubieran sido mineros o periodistas, el caso estaría resuelto desde hace tiempo», opina. «Los militares nunca se quejan, están acostumbrados a una vida de sacrificios, pero no todo vale aunque fueran militares, y aquí se intentó tapar todo», insiste Menéndez.
A las familias, asegura, no les importa el color político del Ejecutivo que gobernaba el país cuando ocurrió la tragedia. A su marido no le interesaba la política, «pero estuvo dispuesto desde los 20 años a dar su vida por España». «No es cuestión ni de izquierdas ni de derechas, sino de que se haga Justicia, porque ¿quién no pide Justicia cuando ocurren muertes que se podían haber evitado?», plantea antes de subrayar que, desde la tragedia del Yak-42, «nunca más se han metido los militares en aviones como ése, porque España tiene medios».
María Menéndez escucha con frecuencia que, en cualquier caso, los tribunales no le devolverán a su marido, aunque castigue a los responsables. «Pero él haría lo mismo por mí, pediría Justicia, y yo tengo que hacerlo, aunque llegue tarde porque la Justicia es muy lenta», concluye.
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